“Hice trampas al póker, defraudé a mis amigos,
Sobre el banco de un parque dormí como un lirón,
Por decir lo que pienso, sin pensar lo que digo,
Más de un beso me dieron y más de un bofetón”
Joaquín Sabina
***
**
*
Hoy soñé una mujer posesa. El sueño era intermitente y me dejaba despertar para sumergirme cada vez más en el horror. La pesadilla era la siguiente (o al menos esto es lo que más recuerdo, con el riesgo que existe de haber viciado el recuerdo con la imaginación):
He aquí que sobre la cima de una colina se erigía una casa de tabicón. Las paredes grises hacían juego con las ventanas con marcos de ocote y cubiertas con mosquitero. Sobre la mesa había una bebida humeante y departíamos con dos jóvenes.
De pronto, noté ciertas rasgaduras en la superficie del mosquitero con forma de letras mal hechas en un idioma desconocido (en el sueño era latín, pero las formas eran griegas). Al preguntar al anfitrión acerca de cuál era el motivo de esos rasguños, trató de evadir la interrogante pero sus gestos revelaron un misterio.
Casi inmediatamente escuchemos los gritos de terror de una mujer. Corrimos apresurados a uno de los cuartos de la casa donde se hallaba una mujer cubierta con un vestido largo de un color que en algún tiempo debió ser morado, pero que ahora se hallaba desteñido dejando un parco color indescifrable.
La mujer desgarraba su garganta en gritos de auxilio. Impávidos, sólo atinábamos a buscar un motivo para tal comportamiento, fue entonces cuando nos fue revelado que se debía a la violación que la joven sufría a manos de espíritus demoníacos.
En esos espasmos de despertar y volver a dormir, la mujer se incorporó y comenzó a escribir con las uñas sobre la tela del mosquitero oraciones en el idioma que antes describí. Había una intérprete que trataba de de hacer una traducción simultánea, pero el ambiente me impedía poner la suficiente atención a esta mujer, sólo recuerdo la frase: he venido a sembrar/traer la discordia.
No sé cuándo exactamente desperté, pero se los cuento para que no me suceda nada.
***
"Todos fuimos un lagarto, un reptil con el veneno a cuestas, fuimos muertos, fuimos agres, fuimos vivos infértiles y secos" A. Meza.
martes, 6 de octubre de 2009
martes, 8 de septiembre de 2009
El Dibujo Oportuno
“Viene Dante a darme qué hacer,
Salir a la calle, buscar un amor,
Mi planta de luz, mis ganas de ser,
Una razón, por simple que sea
Con tal de no cortarme las venas…”
José Cruz
***
Un hombre toma una pluma del bolso de su esposa mientras hacen sobremesa en un restaurante muy bonito pero con mal servicio. Dibuja sobre una servilleta el perfil de un hombre recargado sobre un poste en la esquina de la calle, mira a su esposa y esboza una imagen suya al lado del hombre.
Un mesero de recién ingreso lleva las dos manos ocupadas con vasos que acaba de levantar de una mesa de ocho burócratas – bastante pedantes- que regresan a trabajar quince minutos tarde. Sin darse cuenta tropieza el sombrero del hombre, éste lo mira bastante molesto pero prefiere agacharse, recoger su prenda y seguir con su dibujo.
Cuando se levanta, su mujer ha abandonado la mesa y sin que él lo sepa: su vida. Sobre la servilleta sólo queda el poste. El empleado limpia la mesa.
Ya en su casa, el hombre intuye que una especie de pluma mágica está en sus manos. La sorpresa es mayor que su tristeza, comienza a dibujar sobre un block que ha comprado para dibujar a su esposa junto a él y así traerla de vuelta.
Tras cinco años de angustiosa labor, el hombre se rinde y decide viajar para olvidar. En un pueblo de la sierra norte conoce a una sacerdotisa zapoteca que es capaz de descifrar las causas de las desventuras del presente. El hombre le comenta lo sucedido con su esposa. La mujer lo mira, lo rocía con alguna extraña infusión y canta en un zapoteco antiguo, desconocido para todos. Al final del ritual, la mujer le dice que el intento por hacer volver a su esposa es incorrecto, pues el elemento mágico es la servilleta, debe encontrar de nuevo la pieza de papel y dibujar sobre ella.
Aunque considera imposible repetir el procedimiento, el hombre regresa al restaurante donde había quedado solo. El lugar se halla atiborrado de gente y todos los meseros se notan ocupados, decide esperar un poco y enciende un cigarrillo, se recarga en un poste que está situado en la esquina. Apenas lleva unas cuantas fumadas cuando una mujer lo ase del brazo. Ante tal consuelo repentino de su soledad, el hombre coloca su mano sobre el brazo de la dama y de reojo ve a un idiota recoger su sombrero mientras mira con odio a un mesero.
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Salir a la calle, buscar un amor,
Mi planta de luz, mis ganas de ser,
Una razón, por simple que sea
Con tal de no cortarme las venas…”
José Cruz
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Un hombre toma una pluma del bolso de su esposa mientras hacen sobremesa en un restaurante muy bonito pero con mal servicio. Dibuja sobre una servilleta el perfil de un hombre recargado sobre un poste en la esquina de la calle, mira a su esposa y esboza una imagen suya al lado del hombre.
Un mesero de recién ingreso lleva las dos manos ocupadas con vasos que acaba de levantar de una mesa de ocho burócratas – bastante pedantes- que regresan a trabajar quince minutos tarde. Sin darse cuenta tropieza el sombrero del hombre, éste lo mira bastante molesto pero prefiere agacharse, recoger su prenda y seguir con su dibujo.
Cuando se levanta, su mujer ha abandonado la mesa y sin que él lo sepa: su vida. Sobre la servilleta sólo queda el poste. El empleado limpia la mesa.
Ya en su casa, el hombre intuye que una especie de pluma mágica está en sus manos. La sorpresa es mayor que su tristeza, comienza a dibujar sobre un block que ha comprado para dibujar a su esposa junto a él y así traerla de vuelta.
Tras cinco años de angustiosa labor, el hombre se rinde y decide viajar para olvidar. En un pueblo de la sierra norte conoce a una sacerdotisa zapoteca que es capaz de descifrar las causas de las desventuras del presente. El hombre le comenta lo sucedido con su esposa. La mujer lo mira, lo rocía con alguna extraña infusión y canta en un zapoteco antiguo, desconocido para todos. Al final del ritual, la mujer le dice que el intento por hacer volver a su esposa es incorrecto, pues el elemento mágico es la servilleta, debe encontrar de nuevo la pieza de papel y dibujar sobre ella.
Aunque considera imposible repetir el procedimiento, el hombre regresa al restaurante donde había quedado solo. El lugar se halla atiborrado de gente y todos los meseros se notan ocupados, decide esperar un poco y enciende un cigarrillo, se recarga en un poste que está situado en la esquina. Apenas lleva unas cuantas fumadas cuando una mujer lo ase del brazo. Ante tal consuelo repentino de su soledad, el hombre coloca su mano sobre el brazo de la dama y de reojo ve a un idiota recoger su sombrero mientras mira con odio a un mesero.
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miércoles, 1 de julio de 2009
Aceité Mis Manecillas
***
Un sofá puede ser una excelente pista de despegue hacia la ventana que nos permita fugarnos de esta realidad rapaz.
El café se aburre de esperar y decide evaporarse lentamente.
Las moscas viven detrás del mosquitero la frustración de no poder molestarme.
Mis plantas hacen esfuerzos sobrenaturales por sobrevivir, como si tal empresa tuviera algún sentido.
El ventilador siente que el vómito se acerca a su esófago capacitor tras 10 horas de ver lo mismo pasando en torno a sí.
En los programas de revista los presentadores hacen mil y una maniobras peligrosas con tal de que los vea.
Afuera se escucha “el sonidito”.
Las nubes se disfrazan de dragones, hadas musicales, toros bravos, flacos duendecillos, niños felices, auras de santos, carretas de quimeras, volubles damiselas, sombrillas volteadas, hombres barbados…
Olores a tierras lejanas que alguna vez fueron mi casa.
Otra vez me gana la vida, otra vez despierto solamente para darme cuenta que sigue allá.
Huele a quemado.
El café suicida despide su alma de carbón.
Mi amigo, en actitud chamánica, ha decidido disfrazar la peste con hierbas. Yo agradezco el gesto mientras vuelvo a subirme a mi nave.
Suena el celular con la insistencia de un vendedor de libros… tal vez se trate de un vendedor de libros a distancia.
Mañana remendaré mis vestidos.
Quitaré la ceniza de mi cabeza.
Ungiré del aceite de una rasuradora mis cabellos.
Volveré al santuario y diré mis oraciones.
Dios: nunca dejamos de estar juntos. Gracias por cerrar por fuera las compuertas de este navío sideral.
Y yo dormido, robándole a la tristeza la gloria de verme caer.
El rebozo azul del cielo se transformó en encaje provocador, mientras tanto, yo ya aceité mis manecillas.
***

Un sofá puede ser una excelente pista de despegue hacia la ventana que nos permita fugarnos de esta realidad rapaz.
El café se aburre de esperar y decide evaporarse lentamente.
Las moscas viven detrás del mosquitero la frustración de no poder molestarme.
Mis plantas hacen esfuerzos sobrenaturales por sobrevivir, como si tal empresa tuviera algún sentido.
El ventilador siente que el vómito se acerca a su esófago capacitor tras 10 horas de ver lo mismo pasando en torno a sí.
En los programas de revista los presentadores hacen mil y una maniobras peligrosas con tal de que los vea.
Afuera se escucha “el sonidito”.
Las nubes se disfrazan de dragones, hadas musicales, toros bravos, flacos duendecillos, niños felices, auras de santos, carretas de quimeras, volubles damiselas, sombrillas volteadas, hombres barbados…
Olores a tierras lejanas que alguna vez fueron mi casa.
Otra vez me gana la vida, otra vez despierto solamente para darme cuenta que sigue allá.
Huele a quemado.
El café suicida despide su alma de carbón.
Mi amigo, en actitud chamánica, ha decidido disfrazar la peste con hierbas. Yo agradezco el gesto mientras vuelvo a subirme a mi nave.
Suena el celular con la insistencia de un vendedor de libros… tal vez se trate de un vendedor de libros a distancia.
Mañana remendaré mis vestidos.
Quitaré la ceniza de mi cabeza.
Ungiré del aceite de una rasuradora mis cabellos.
Volveré al santuario y diré mis oraciones.
Dios: nunca dejamos de estar juntos. Gracias por cerrar por fuera las compuertas de este navío sideral.
Y yo dormido, robándole a la tristeza la gloria de verme caer.
El rebozo azul del cielo se transformó en encaje provocador, mientras tanto, yo ya aceité mis manecillas.
***

u_u
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viernes, 26 de junio de 2009
martes, 23 de junio de 2009
domingo, 21 de junio de 2009
Quo Vadis
**
Me siento usado. El sedentarismo de Matilde me mata.
La dialéctica del coito, según yo, debería estar basada en el dar y recibir.
Lo que a continuación digo no pienses que lo hago como un lloriqueo de niño caprichoso o como mera frustración amarga, más bien es como la expresión sincera de una tristeza que me produce la impotencia que vivo ante esta situación que, si bien se le parece a muchas cosas vanas no lo es: creo estar enamorado.
Llegué a esta casa por azares de las tardes de aburrimiento y noches de de insatisfacción de Matilde. Oculto, disfrazado por dos revistas de espectáculos, una blusa floreada y cosméticos baratos; nada que a un hombre le interese husmear.
Oculto llegué y oculto permanecí durante mucho tiempo, mas mis – primero tardes- noches protagónicas llegaron favorecidas por los constantes viajes de aquel que nunca representó competencia alguna, no seria al menos.
Recuerdo el nerviosismo de nuestra primera vez. El temblor que producían los fluidos adrenalino - alcalinos de nuestros cuerpos previo al contacto sexual, sobre todo el mío por tratarse de mi primera vez.
Mis parámetros de lo bello no están basados en lo que veo, con ello desecho cualquier gusto o desagrado por la simetría, composición, ordenamiento, secuencias, en fin, cualquier cosa que necesite de ser vista para ser apreciada. Yo guío mis gustos por texturas, temperaturas y consistencias que me produzcan atracción.
Tal vez por eso amé la vagina de Matilde.
Siempre había imaginado el momento del contacto entre dos cuerpos, pero jamás pensé toparme con la dicha de encontrar un espacio tan confortable, cálido, suave, acariciador y placentero como la vagina de Matilde.
No imaginé conocer algo tan perfecto, personalizado y hasta con esmerada dedicatoria en cada pliegue, era un espacio que parecía estar esperándome hacía tiempo.
Me rehúso a ahondar en detalles – a pesar de que mi admiración me impulsa- sobre aspectos físicos, sólo agregaré que viví la etapa más plena de mi vida, y me atrevo a pensar que ella también, pues la correspondencia mutua era el eje de nuestra relación, o al menos eso parecía.
Después de esa, miles de noches más se repitieron, todas tan intensas como la primera vez. Aunque la verdad, nuestras rutinas iban variando, la creatividad era algo que estaba a pedir de boca. Sin embargo, toda felicidad es efímera, volátil… fugaz.
Una mañana, Matilde recibió una computadora portátil, un invento al que yo rebasaba por generaciones, algo junto a lo que yo resulté obsoleto, más con respecto a uno de sus programas que a la máquina en sí.
Mi nuevo rival tenía nombre: Messenger. Desde el primer instante en que ella lo conoció se enamoró perdidamente de él. Ese maldito la retrae del mundo exterior. Él y su estúpido amigo el celular la ayudan a evadir a su familia, mientras que yo veo en este rincón cómo mis pilas se van derritiendo en mi interior, pero al fin de cuentas, ¿qué puede hacer para cambiar las cosas un simple dildo en esta era de la información?
**
Bueno, a petición de Betty y a fin de compartir algo en esta entrada, tengo a bien dejarles el cuentito que metí al concurso de las jornadas. Espero que les guste...
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Me siento usado. El sedentarismo de Matilde me mata.
La dialéctica del coito, según yo, debería estar basada en el dar y recibir.
Lo que a continuación digo no pienses que lo hago como un lloriqueo de niño caprichoso o como mera frustración amarga, más bien es como la expresión sincera de una tristeza que me produce la impotencia que vivo ante esta situación que, si bien se le parece a muchas cosas vanas no lo es: creo estar enamorado.
Llegué a esta casa por azares de las tardes de aburrimiento y noches de de insatisfacción de Matilde. Oculto, disfrazado por dos revistas de espectáculos, una blusa floreada y cosméticos baratos; nada que a un hombre le interese husmear.
Oculto llegué y oculto permanecí durante mucho tiempo, mas mis – primero tardes- noches protagónicas llegaron favorecidas por los constantes viajes de aquel que nunca representó competencia alguna, no seria al menos.
Recuerdo el nerviosismo de nuestra primera vez. El temblor que producían los fluidos adrenalino - alcalinos de nuestros cuerpos previo al contacto sexual, sobre todo el mío por tratarse de mi primera vez.
Mis parámetros de lo bello no están basados en lo que veo, con ello desecho cualquier gusto o desagrado por la simetría, composición, ordenamiento, secuencias, en fin, cualquier cosa que necesite de ser vista para ser apreciada. Yo guío mis gustos por texturas, temperaturas y consistencias que me produzcan atracción.
Tal vez por eso amé la vagina de Matilde.
Siempre había imaginado el momento del contacto entre dos cuerpos, pero jamás pensé toparme con la dicha de encontrar un espacio tan confortable, cálido, suave, acariciador y placentero como la vagina de Matilde.
No imaginé conocer algo tan perfecto, personalizado y hasta con esmerada dedicatoria en cada pliegue, era un espacio que parecía estar esperándome hacía tiempo.
Me rehúso a ahondar en detalles – a pesar de que mi admiración me impulsa- sobre aspectos físicos, sólo agregaré que viví la etapa más plena de mi vida, y me atrevo a pensar que ella también, pues la correspondencia mutua era el eje de nuestra relación, o al menos eso parecía.
Después de esa, miles de noches más se repitieron, todas tan intensas como la primera vez. Aunque la verdad, nuestras rutinas iban variando, la creatividad era algo que estaba a pedir de boca. Sin embargo, toda felicidad es efímera, volátil… fugaz.
Una mañana, Matilde recibió una computadora portátil, un invento al que yo rebasaba por generaciones, algo junto a lo que yo resulté obsoleto, más con respecto a uno de sus programas que a la máquina en sí.
Mi nuevo rival tenía nombre: Messenger. Desde el primer instante en que ella lo conoció se enamoró perdidamente de él. Ese maldito la retrae del mundo exterior. Él y su estúpido amigo el celular la ayudan a evadir a su familia, mientras que yo veo en este rincón cómo mis pilas se van derritiendo en mi interior, pero al fin de cuentas, ¿qué puede hacer para cambiar las cosas un simple dildo en esta era de la información?
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viernes, 19 de junio de 2009
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