*
**
***
Estamos.
Estamos por todas partes.
Cansados, tristes,
pero no desalentados.
Tímidamente aparecemos,
Ya no hacemos ningún daño.
De algún modo hemos partido.
La voluntad nos mueve
y la oscuridad nos cobija,
como una madre resignada.
Estar muerto es cosa fácil.
Pero serlo es un martirio.
Los verás hablarte
sin verte a los ojos.
Sollozando mientras secas
infructuosamente el llanto.
Correrás junto a los niños
mientras crecen,
te verán tal vez, y tal vez
lloren.
Tus amores se convierten
en abismos. Tú mismo
te les haces impreciso.
Las horas, los sabores,
la alegrías de los viejos
(las únicas risas sinceras)
Todo, absolutamente,
es un coro angelical brindado a un sordo.
Por eso muérete completo.
Por eso no regreses del Mictlán.
Porque ciertamente el tiempo
es mucho,
cuando no se vive junto al otro.
*
*
*
"Todos fuimos un lagarto, un reptil con el veneno a cuestas, fuimos muertos, fuimos agres, fuimos vivos infértiles y secos" A. Meza.
jueves, 21 de enero de 2010
lunes, 4 de enero de 2010
Para No Olvidar
*
"Sólo una cosa no hay: es el olvido". Jorge Luis Borges.
**
"Ojalá que estén vivos y bien
en el país de síganme,
síganme no los voy a defraudar
¿a dónde?
Donde se caga un conde"
Andrés Calamaro
P.A.R.C.
Él ya no volvió.
Como muchos.
Multitud de rostros que,
aún siendo una masa
duelen particularmente.
Silenciosas lágrimas que
el viento
pone en las memorias,
susurrándonos la sedición.
Olor a pieles que antaño
transpiraron con nosotros
sueños ahora secos.
Al irse,
se llevaron una parte
de nosotros.
Por eso no sabemos qué somos,
por eso nuestras horas
no terminan,
o lo hacen sin saberlo.
Nos sentamos a morir
porque no volverán.
Porque dolorosamente
no estarán más.
Si no me crees...
Anda y dale un abrazo a tus
recuerdos.
***
**
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"Sólo una cosa no hay: es el olvido". Jorge Luis Borges.
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"Ojalá que estén vivos y bien
en el país de síganme,
síganme no los voy a defraudar
¿a dónde?
Donde se caga un conde"
Andrés Calamaro
P.A.R.C.
Él ya no volvió.
Como muchos.
Multitud de rostros que,
aún siendo una masa
duelen particularmente.
Silenciosas lágrimas que
el viento
pone en las memorias,
susurrándonos la sedición.
Olor a pieles que antaño
transpiraron con nosotros
sueños ahora secos.
Al irse,
se llevaron una parte
de nosotros.
Por eso no sabemos qué somos,
por eso nuestras horas
no terminan,
o lo hacen sin saberlo.
Nos sentamos a morir
porque no volverán.
Porque dolorosamente
no estarán más.
Si no me crees...
Anda y dale un abrazo a tus
recuerdos.
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sábado, 2 de enero de 2010
Rata Rabiosa
*
***
A 16 años
Me da rabia, no el olvido,
sino la vaguedad del recuerdo.
El eufemismo libertario
pieza más del discurso hipócrita.
La soledad separatista,
ambigua en cuanto a la función,
a lo benéfica
que podría resultar ahora.
La pose,
evidente en absoluto,
el grito vano del que busca
ser la imagen de las cosas
que no siente, que no sufre.
El olvido,
que no existe, pero se finge.
La empatía vaga,
el relato que evade
los dolores, las tragedias,
la realidad.
El total desprecio,
la oposición abierta
al clamor del oprimido.
Y también estas manos
que escriben, en lugar
de tirar balas.
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***
A 16 años
Me da rabia, no el olvido,
sino la vaguedad del recuerdo.
El eufemismo libertario
pieza más del discurso hipócrita.
La soledad separatista,
ambigua en cuanto a la función,
a lo benéfica
que podría resultar ahora.
La pose,
evidente en absoluto,
el grito vano del que busca
ser la imagen de las cosas
que no siente, que no sufre.
El olvido,
que no existe, pero se finge.
La empatía vaga,
el relato que evade
los dolores, las tragedias,
la realidad.
El total desprecio,
la oposición abierta
al clamor del oprimido.
Y también estas manos
que escriben, en lugar
de tirar balas.
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martes, 29 de diciembre de 2009
Provocando Destinos Recurrentes
*
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***
Esto lo encontré en la casa vieja de mi abuela, algunos de los nombres fueron tachados por alguien – la tinta revela que fue hace mucho tiempo ya, cuando tenga tiempo le haré algunas pruebas- y tuve que agregar sólo ### para hacer fluida la lectura. .
**
***
Esto lo encontré en la casa vieja de mi abuela, algunos de los nombres fueron tachados por alguien – la tinta revela que fue hace mucho tiempo ya, cuando tenga tiempo le haré algunas pruebas- y tuve que agregar sólo ### para hacer fluida la lectura. .
Lo que pregunta el interlocutor – porque es obvio que hay un diálogo- fue tachado en su totalidad, el texto es legible desde aquí:
“No sé qué sentido tiene para ti el saber en estos momentos cuál era mi relación con ella, pero no tengo inconveniente en hablar de eso antes de empezar a aullar por el resto de todos los tiempos en este lugar, así que te diré como acabé aquí.
### nació con un nombre maldito. Un nombre que nunca debió ser usado más que para nombrar a aquella que había sido y que nunca más volvería a ser, al menos eso fue lo que se esperaba que sucediera, pero, la experiencia nos dice que las cosas casi siempre tienden a salirse de control.
Creció lejos de casa, eso demuestra que no tuvo que cargar con un mal estigma desde pequeña y que, toda conducta posterior no fue el resultado de una sentencia múltiple repetida en miles de ocasiones.
Desde su nacimiento, una serie de sucesos paranormales se suscitaron, como una premonición de un algo impreciso y poco grato: la cuna donde dormía ardió toda la noche sin que ella sufriera daño alguno, los vidrios de su habitación amanecían bañados en sangre, en sus sábanas aparecían lastimeros rostros en tonos lúgubres…
A los cinco años descubrió su capacidad de telequinesia, y nada dudó en hacer de ello su herramienta predilecta para infligir a sus coetáneos los más terribles aspavientos – no es fortuito que ### signifique “maldad”-; luego pasó a sus contactos con los muertos, eso fue como a los 6 años: fue entonces cuando la conocí.
Advertí desde el principio su capacidad de percepción de lo sobrenatural, tal como yo también lo ocultó, sólo que, a diferencia de un mocoso de carácter enclenque como el mío, ella tenía la virtud de sentirse atraída por el poder que le confería la interacción con las fuerzas demoníacas.
No negaré esa fascinación que me produjo el pensar en lo salvaje, lo indeseable, lo malvado, impuro, pecaminoso y oscuro; pero el terror que sentí al experimentarlo a temprana edad puso en mí un freno invisible, lo suficientemente fuerte como para no atreverme a cruzar de nuevo sus ardientes puertas, así que rotundamente me forcé a vivir de un modo normal, tal como lo exigía mi salud precaria, cualquier sobresalto habría traído un infarto bajo el brazo.
Ella se marchó a los bosques negros cuando yo tenía diez años. Durante ese tiempo tuve mis momento más felices, tuve amigos, me enamoré – sin ser correspondido pero fue hermoso poder sentir eso-, conviví con mi madre y hasta recuerdo haber soñado con ser médico. Poco duró ese lapso de paz. Ella regresó de su autoexilio del que yo la suponía diferente, limpia. Nada más iluso que eso, parecía como si una especie de cáncer siguiera sus pasos, marchitaba todo con cuanto interactuaba, entristecía la sonrisa más hermosa y sólo de ese modo hallaba si no la felicidad, por lo menos una satisfacción que le avivaba el deseo de continuar con esa terrible forma de ser.
Encontrar a Dios es mucho más fácil, pero no resulta tan divertido porque todo el mundo trata de decirte el modo correcto de hallarlo, quizá por eso es que tomé esta decisión que hoy no me atrevo a juzgar, de todos modos, Él será quien decida – de antemano sé lo que se viene para mí-, sólo digo en mi favor que la tensión era tal sobre mi vida que tuve que alejarme también para que ella se divirtiera a gusto, era insoportable ver cómo la infelicidad nacía en los demás a medida que ### actuaba. Lo que nunca imaginó es que yo aprendí también algunas cosas en mis cinco años de ausencia.
Hay una regla básica dentro de la lucha que libran los hombres entre sí cuando se trata de fuerzas no terrenas: el que posea un objeto de un muerto poderoso espiritualmente tiene una gran ventaja sobre el otro.
Una noche despejada, mientra caminaba entre las calmas aguas de un río repleto de cangrejos, tropecé con lo que creí un insecto de enormes dimensiones, para mi fortuna, era nada más y nada menos que la punta de lanza de un guerrero zapoteca, al palparla, supe inmediatamente que cientos de hombres habían sido ejecutados por la mano de ese hombre. Esa misma noche tuve mi revelación, la cual me mostró lo siguiente: al borde de una de las caras de la luna se dibujaban dos constelaciones desconocidas. Una de ellas poseía más estrellas, pero la otra era más brillante. Hubo un giro en el cielo de exactamente 34 grados a la izquierda y las dos constelaciones comenzaron a moverse en torno a un centro imaginario. La constelación más grande se acercó tanto a la brillante que la envolvió hasta apagarla momentáneamente. Luego, hubo tres meses de silencio absoluto y de pronto, la constelación brillante explotó convirtiendo en polvo cósmico a su contraria. Tras muchas sesiones de meditación logré descifrar su significado y por eso volví a mi casa.
En vísperas de navidad, mientras yo cenaba, ella se acercó a mí con un cuaderno entre sus manos, fingió una duda y se me aproximó, apenas tuve tiempo de ver el diente de muerto que llevaba entre su puño derecho dirigido a mi corazón mas, quiso Dios, mis muertos y la suerte, que guardara la punta de flecha justo en la bolsa izquierda de mi camisa, de modo que, en el impacto, quedamos adheridos uno al otro, en una especie de agonía compartida. Su espíritu, dolorosamente se fue alojando en mis entrañas, desbordó mi sangre a través de mis poros y cuando yo estaba punto de morir, abrí los ojos para darme cuenta de la muerte de su cuerpo, pero también del brillo malévolo de sus ojos en los míos, así que casi inmediatamente me ahorqué y vine a dar a esta antesala del infierno.
Ahora que he resuelto tu duda, dime si por fin vas a dejar de hacer ese maldito ruido con tu cajita de pastillas”.
Eso es todo lo que se puede leer. Acerca de qué o quién lo redactó no poseo información, aunque existen rumores de videntes en la familia. Hasta la fecha no he tenido una prueba fehaciente de ello, así que no creo en esas patrañas.
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“No sé qué sentido tiene para ti el saber en estos momentos cuál era mi relación con ella, pero no tengo inconveniente en hablar de eso antes de empezar a aullar por el resto de todos los tiempos en este lugar, así que te diré como acabé aquí.
### nació con un nombre maldito. Un nombre que nunca debió ser usado más que para nombrar a aquella que había sido y que nunca más volvería a ser, al menos eso fue lo que se esperaba que sucediera, pero, la experiencia nos dice que las cosas casi siempre tienden a salirse de control.
Creció lejos de casa, eso demuestra que no tuvo que cargar con un mal estigma desde pequeña y que, toda conducta posterior no fue el resultado de una sentencia múltiple repetida en miles de ocasiones.
Desde su nacimiento, una serie de sucesos paranormales se suscitaron, como una premonición de un algo impreciso y poco grato: la cuna donde dormía ardió toda la noche sin que ella sufriera daño alguno, los vidrios de su habitación amanecían bañados en sangre, en sus sábanas aparecían lastimeros rostros en tonos lúgubres…
A los cinco años descubrió su capacidad de telequinesia, y nada dudó en hacer de ello su herramienta predilecta para infligir a sus coetáneos los más terribles aspavientos – no es fortuito que ### signifique “maldad”-; luego pasó a sus contactos con los muertos, eso fue como a los 6 años: fue entonces cuando la conocí.
Advertí desde el principio su capacidad de percepción de lo sobrenatural, tal como yo también lo ocultó, sólo que, a diferencia de un mocoso de carácter enclenque como el mío, ella tenía la virtud de sentirse atraída por el poder que le confería la interacción con las fuerzas demoníacas.
No negaré esa fascinación que me produjo el pensar en lo salvaje, lo indeseable, lo malvado, impuro, pecaminoso y oscuro; pero el terror que sentí al experimentarlo a temprana edad puso en mí un freno invisible, lo suficientemente fuerte como para no atreverme a cruzar de nuevo sus ardientes puertas, así que rotundamente me forcé a vivir de un modo normal, tal como lo exigía mi salud precaria, cualquier sobresalto habría traído un infarto bajo el brazo.
Ella se marchó a los bosques negros cuando yo tenía diez años. Durante ese tiempo tuve mis momento más felices, tuve amigos, me enamoré – sin ser correspondido pero fue hermoso poder sentir eso-, conviví con mi madre y hasta recuerdo haber soñado con ser médico. Poco duró ese lapso de paz. Ella regresó de su autoexilio del que yo la suponía diferente, limpia. Nada más iluso que eso, parecía como si una especie de cáncer siguiera sus pasos, marchitaba todo con cuanto interactuaba, entristecía la sonrisa más hermosa y sólo de ese modo hallaba si no la felicidad, por lo menos una satisfacción que le avivaba el deseo de continuar con esa terrible forma de ser.
Encontrar a Dios es mucho más fácil, pero no resulta tan divertido porque todo el mundo trata de decirte el modo correcto de hallarlo, quizá por eso es que tomé esta decisión que hoy no me atrevo a juzgar, de todos modos, Él será quien decida – de antemano sé lo que se viene para mí-, sólo digo en mi favor que la tensión era tal sobre mi vida que tuve que alejarme también para que ella se divirtiera a gusto, era insoportable ver cómo la infelicidad nacía en los demás a medida que ### actuaba. Lo que nunca imaginó es que yo aprendí también algunas cosas en mis cinco años de ausencia.
Hay una regla básica dentro de la lucha que libran los hombres entre sí cuando se trata de fuerzas no terrenas: el que posea un objeto de un muerto poderoso espiritualmente tiene una gran ventaja sobre el otro.
Una noche despejada, mientra caminaba entre las calmas aguas de un río repleto de cangrejos, tropecé con lo que creí un insecto de enormes dimensiones, para mi fortuna, era nada más y nada menos que la punta de lanza de un guerrero zapoteca, al palparla, supe inmediatamente que cientos de hombres habían sido ejecutados por la mano de ese hombre. Esa misma noche tuve mi revelación, la cual me mostró lo siguiente: al borde de una de las caras de la luna se dibujaban dos constelaciones desconocidas. Una de ellas poseía más estrellas, pero la otra era más brillante. Hubo un giro en el cielo de exactamente 34 grados a la izquierda y las dos constelaciones comenzaron a moverse en torno a un centro imaginario. La constelación más grande se acercó tanto a la brillante que la envolvió hasta apagarla momentáneamente. Luego, hubo tres meses de silencio absoluto y de pronto, la constelación brillante explotó convirtiendo en polvo cósmico a su contraria. Tras muchas sesiones de meditación logré descifrar su significado y por eso volví a mi casa.
En vísperas de navidad, mientras yo cenaba, ella se acercó a mí con un cuaderno entre sus manos, fingió una duda y se me aproximó, apenas tuve tiempo de ver el diente de muerto que llevaba entre su puño derecho dirigido a mi corazón mas, quiso Dios, mis muertos y la suerte, que guardara la punta de flecha justo en la bolsa izquierda de mi camisa, de modo que, en el impacto, quedamos adheridos uno al otro, en una especie de agonía compartida. Su espíritu, dolorosamente se fue alojando en mis entrañas, desbordó mi sangre a través de mis poros y cuando yo estaba punto de morir, abrí los ojos para darme cuenta de la muerte de su cuerpo, pero también del brillo malévolo de sus ojos en los míos, así que casi inmediatamente me ahorqué y vine a dar a esta antesala del infierno.
Ahora que he resuelto tu duda, dime si por fin vas a dejar de hacer ese maldito ruido con tu cajita de pastillas”.
Eso es todo lo que se puede leer. Acerca de qué o quién lo redactó no poseo información, aunque existen rumores de videntes en la familia. Hasta la fecha no he tenido una prueba fehaciente de ello, así que no creo en esas patrañas.
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domingo, 29 de noviembre de 2009
Ich Bin Ein Verloren Ratte
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*
En una ocasión – no recuerdo cuál- alguien – no recuerdo quién- dijo que un mazo de cartas incompleto era tan sólo un montón de basura, luego, Ari – ¿sí era él?- le reconvino y le dijo que podría ser más tarde una obra de arte o incluso un forma extraña de escribir cartas de amor. Antes de que nos diéramos cuenta ya estábamos enfrascados en una discusión sin objetivo alguno. Fue ésa misma noche que pasó lo de Miriam.
Habíamos quedado de vernos en mi casa para jugar póker, Ari – esta vez estoy seguro- llevó un set de juego que había adquirido de un modo que no supo explicar, pero que nos hizo suponer que su origen no era precisamente lícito.
La noche anterior, la fiesta corrió el riesgo de no llevarse a cabo pues el bar había sido clausurado, así que no tendríamos un lugar confortable o por lo menos familiar para poder convivir toda la noche, pero como alguna vez dijo Uriel, “hay mil formas de pelar una naranja” – ¿no era partir?-, así que dimos un minitour por los lugares donde pudiéramos adquirir alcohol a precios mínimos.
La noche fue bastante bien, hubo reemplazos en el grupo pero la base permaneció sólida, nos dimos el lujo de dejar al sol alcanzarnos en la carrera y de ese modo concluyó la noche y con ella las fuerzas de nuestros cuerpos.
Desperté a mediodía, todos ya se habían ido y me fui a trabajar al hotel, en el chat me encontré a Miriam y quedamos en jugar en mi casa, como ya había dicho – ¿lo dije?-. Justo antes de desconectarme, Miriam me preguntó algo que, al principio, no me causó intriga alguna, de hecho, lo tomé a broma pero, justo cuando la esperábamos para jugar, el hecho de que en el chat me hubiera preguntado dónde estaba mi casa me hizo pensar muchas cosas que no mencionaré porque pueden tomármelo a mal.
El punto es que Miriam nunca llegó, le mandamos mensajes pero no respondió. Entonces supusimos - ¡ah cómo somos buenos para eso!- que se había ido a casa con su hermano. Hasta ahí, nada de esto te parecerá raro, Matilde, pero ayer me pasó algo que me puso algo paranoico.
El celular sonó en la madrugada y leí un mensaje suyo: “Descansen, nos vemos mañana para volver a jugar”. Atribuí todo a su memoria saturada de alcohol, pero no, al día siguiente llegó a la casa, -para ese entonces Marco ya se había ido a Reynosa, Ari ya vivía en Querétaro, Chucho estaba en alguna parte de la Sierra Norte y Elena trabajaba en Puerto Vallarta… sólo quedaba yo en La Perrera-.
Abrí la puerta y no disimulé mi sorpresa, pero ella sólo entró y me preguntó por los demás. Entró y jaló una silla… - ¿Vamos a estrenar muebles o qué?- me dijo. Como quien participa de mala gana en un chiste que ya conoce tuve que preguntar que si de verdad no sabía qué estaba sucediendo. La respuesta fue obvia, y tuve que contarle todo lo que ya he dicho antes.
Fue entonces cuando Miriam comenzó a relatarme a grandes rasgos lo que ella vivió a lo largo de estos casi nueve años… Luego de llegar a donde nosotros, comenzamos a jugar y a beber, casi estábamos cayéndonos cuando Elena dijo que había traído un crustáceo alucinógeno de su casa, una vez más nos atrevimos a cocinarlo y comimos vorazmente el extraño manjar.
El efecto fue casi inmediato, de acuerdo con Miriam, todos comenzamos a decir qué era lo que más deseábamos: Ari dijo que quería estudiar artes plásticas; Marco quería volver a casa; Jesús deseaba ir de voluntario a las comunidades indígenas; Elena dijo que quería volver a vivir en Puerto Vallarta; Miriam dijo que quería que todo eso que estaba pasando volviera a ocurrir. Luego, me dijo que vio cómo todos, menos yo, comenzaban a desvanecerse, precisamente íban hacia lo que deseaban.
Yo no recordaba lo que quería, hasta ayer. Toda vez que Miriam terminó su relato, pensé en ti y mi cuerpo comenzó a desvanecerse, no sabía que te amara tanto Matilde, pero ya me ves, estoy aquí para no irme nunca más, ¿a dónde podría irme sin ti?
- Ah, bien, sólo quiero decirte una cosa, imbécil, no me llamo Matilde… ¡soy Isabel! ¿Entiendes? ¡Isabel! Ya duérmete, estás bien pedo.
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*
En una ocasión – no recuerdo cuál- alguien – no recuerdo quién- dijo que un mazo de cartas incompleto era tan sólo un montón de basura, luego, Ari – ¿sí era él?- le reconvino y le dijo que podría ser más tarde una obra de arte o incluso un forma extraña de escribir cartas de amor. Antes de que nos diéramos cuenta ya estábamos enfrascados en una discusión sin objetivo alguno. Fue ésa misma noche que pasó lo de Miriam.
Habíamos quedado de vernos en mi casa para jugar póker, Ari – esta vez estoy seguro- llevó un set de juego que había adquirido de un modo que no supo explicar, pero que nos hizo suponer que su origen no era precisamente lícito.
La noche anterior, la fiesta corrió el riesgo de no llevarse a cabo pues el bar había sido clausurado, así que no tendríamos un lugar confortable o por lo menos familiar para poder convivir toda la noche, pero como alguna vez dijo Uriel, “hay mil formas de pelar una naranja” – ¿no era partir?-, así que dimos un minitour por los lugares donde pudiéramos adquirir alcohol a precios mínimos.
La noche fue bastante bien, hubo reemplazos en el grupo pero la base permaneció sólida, nos dimos el lujo de dejar al sol alcanzarnos en la carrera y de ese modo concluyó la noche y con ella las fuerzas de nuestros cuerpos.
Desperté a mediodía, todos ya se habían ido y me fui a trabajar al hotel, en el chat me encontré a Miriam y quedamos en jugar en mi casa, como ya había dicho – ¿lo dije?-. Justo antes de desconectarme, Miriam me preguntó algo que, al principio, no me causó intriga alguna, de hecho, lo tomé a broma pero, justo cuando la esperábamos para jugar, el hecho de que en el chat me hubiera preguntado dónde estaba mi casa me hizo pensar muchas cosas que no mencionaré porque pueden tomármelo a mal.
El punto es que Miriam nunca llegó, le mandamos mensajes pero no respondió. Entonces supusimos - ¡ah cómo somos buenos para eso!- que se había ido a casa con su hermano. Hasta ahí, nada de esto te parecerá raro, Matilde, pero ayer me pasó algo que me puso algo paranoico.
El celular sonó en la madrugada y leí un mensaje suyo: “Descansen, nos vemos mañana para volver a jugar”. Atribuí todo a su memoria saturada de alcohol, pero no, al día siguiente llegó a la casa, -para ese entonces Marco ya se había ido a Reynosa, Ari ya vivía en Querétaro, Chucho estaba en alguna parte de la Sierra Norte y Elena trabajaba en Puerto Vallarta… sólo quedaba yo en La Perrera-.
Abrí la puerta y no disimulé mi sorpresa, pero ella sólo entró y me preguntó por los demás. Entró y jaló una silla… - ¿Vamos a estrenar muebles o qué?- me dijo. Como quien participa de mala gana en un chiste que ya conoce tuve que preguntar que si de verdad no sabía qué estaba sucediendo. La respuesta fue obvia, y tuve que contarle todo lo que ya he dicho antes.
Fue entonces cuando Miriam comenzó a relatarme a grandes rasgos lo que ella vivió a lo largo de estos casi nueve años… Luego de llegar a donde nosotros, comenzamos a jugar y a beber, casi estábamos cayéndonos cuando Elena dijo que había traído un crustáceo alucinógeno de su casa, una vez más nos atrevimos a cocinarlo y comimos vorazmente el extraño manjar.
El efecto fue casi inmediato, de acuerdo con Miriam, todos comenzamos a decir qué era lo que más deseábamos: Ari dijo que quería estudiar artes plásticas; Marco quería volver a casa; Jesús deseaba ir de voluntario a las comunidades indígenas; Elena dijo que quería volver a vivir en Puerto Vallarta; Miriam dijo que quería que todo eso que estaba pasando volviera a ocurrir. Luego, me dijo que vio cómo todos, menos yo, comenzaban a desvanecerse, precisamente íban hacia lo que deseaban.
Yo no recordaba lo que quería, hasta ayer. Toda vez que Miriam terminó su relato, pensé en ti y mi cuerpo comenzó a desvanecerse, no sabía que te amara tanto Matilde, pero ya me ves, estoy aquí para no irme nunca más, ¿a dónde podría irme sin ti?
- Ah, bien, sólo quiero decirte una cosa, imbécil, no me llamo Matilde… ¡soy Isabel! ¿Entiendes? ¡Isabel! Ya duérmete, estás bien pedo.
sábado, 7 de noviembre de 2009
Y sin embargo...
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**
*
Yo ahora me regreso a casa. Nada más me detiene en este lugar, sólo me inspira a marcharme el hecho de que quizá mi ausencia ponga fin al estancamiento de algo, en algún lugar – aunque puede ser también un simple pretexto para no comprender que cuando un corazón deja de latir por otro es prudente darse por vencido-, sé que ahora no suena muy claro pero espero que los acontecimientos previos a mi partida te den un panorama más claro.
Hace tres meses comencé a trabajar en “La Peña”, refugio de amigos y demás conocidos que encontraban bajo la biznaga dibujada en su cúpula un refugio o escaparate, según sea el caso, a todos los problemas que les aquejaban y hallaban en el calor humano y el que se encierra en recipientes de vidrio esa puerta mágica para el desflore de sentimientos.
Mi entrada fue mera casualidad, si es que eso existe, fue Marco quien me pidió apoyo como mesero y luego pasé a representar el papel de barman, cosa que me satisfacía en gran manera pues a menudo estaba en compañía de parte de la gente que quiero. Al principio, recuerdo que el trabajo era arduo, pero de una semana a otra, una pésima racha cayó como chapopote sobre el bar, al grado de que las propinas eran nulas y los días laborables/laborales fueron disminuidos.
Los clientes, antes personas amigables, se tornaron monstruos multiformes que buscaban convertirse en parte de la mala vibra que circulaba por las paredes cálidas de La Peña; los amigos, que siempre convivían en amenas charlas sobre cosas que sencillamente son humo que al otro día es nada, aunque en su momento parecían de extrema importancia, procedían de modos inverosímiles, agrediéndose, murmurando entre ellos, desangrando los lazos antes firmes; el sistema eléctrico, el de agua potable, la señal por cable y hasta el mobiliario presentaban averías con las más feas intenciones…
Todo andaba mal.
Cuando un golpe cae de improvisto no se tiene siempre el seso para descubrir su origen, sin embargo, el alcohol, que intrincadas sinapsis logra, puso sobre la mesa de los que amaban el lugar muchas estrategias para mejorar la situación.
Se hicieron promociones, el clásico dos por uno – con mil hielos dentro del vaso para hacer abundar el licor-, cubetazos de a cien pesos, quince pesos la cerveza en días de futbol, en fin; nada de eso pudo mejorar las cosas, simplemente una barrera misteriosa impedía el flujo de clientes y sobre todo, esa marejada de buenos momentos que era propia de ese bar.
Por esos días, Matilde y yo ya no estábamos juntos, yo la recordaba y una inmensa melancolía me llevó a la depresión, ¡oh bendita depresión que unes a los caídos! De eso modo me hice amigo de muchos y reforcé mis lazos con unos pocos, de los que todavía sobrevivían a la vorágine de sentimientos malos.
Uno de ellos fue Chucho. Una noche de no pocas en las que un cigarro en la mano era el único soporte que nos mantenía en pie, nos dimos cuenta – bueno, fue él- de que existía una curiosa constante entre los clientes asiduos de La Peña: en todos había un amor frustrado.
Yo pensaba sórdidamente en Matilde, la recordaba tanto que no quería hacer nada más que dejarla correr por las veredas de mis recuerdos; él no sé a quién refería su amargura pero, pronto nos dimos cuenta de que Chema también había perdido a su amada Lorelí, Aarón y Juana se habían separado y así, la lista podría continuar al grado de conformar un muro de lamentos de amores en crisis.
Como buenos hipócritas, identificamos la paja de los ajenos y comenzamos a hacer un inventario de desventuras y llegamos a la conclusión de que La Peña estaba deprimida, sólo que en este caso su mal se comunicaba de modos que no correspondían con la forma en que estábamos acostumbrados a distinguirlo en las personas.
Fue entonces que ideamos un plan y tramamos convertirnos en los “es-cupidos alcohólicos”. Durante un mes urdimos citas “casuales” entre los involucrados, detalles de ésos que hacen que una persona despierte el interés en otro, recados, cortesías en tragos, dedicaciones de canciones (“eso suena cacofónico” diría el pendejo de yasabesquién), poemas y demás basura, con tal de encausar sus sentimientos y así reunirlos de nuevo.
El plan marchó muy bien, los amorosos volvieron a ser felices y a compartir su felicidad con los amargados que, toda vez que vieron que las rupturas a veces encuentran el pegamento indicado, se contagiaron del amor que voló por los aires hasta invadir el local del bar, los ocho cactos trazados en la cúpula reverdecieron y hasta la lona fea de “cirque” resplandeció, las ventas aumentaron y de nuevo La Peña era la fuente de poder que recargaba las ganas de vivir de los clientes.
A los pocos días supe que Chucho había logrado conquistar a una chica a la que nunca nos presentó por temor a que lo dejáramos en mal, como casi siempre lo hacíamos y como él mismo lo hizo alguna vez con nosotros, pero estaba bien, se le veía alegre y hasta soportaba que cualquiera se nos uniera a la fiesta aunque hiciera feo (¡lo que hace el alcohol!).
No tardé mucho en darme cuenta que era el único solitario del grupo, que sí reía y disfrutaba la compañía pero que, al final de la jornada, terminaba solo en mi cuarto oyendo a Meza y a Calamaro, dejando que la vida pasara sin moverme. La soledad pesó tanto que vi en Matilde una salida. La busqué, le canté canciones desde mi corazón a través de mensajes de texto, le regalé mi alma en llamadas al buzón, le dije en persona que se casara conmigo pero nada de eso funcionó.
Enrollé mi cola, sacudí el polvo de mis pies, di la media vuelta en mi mente y traté de borrarla para siempre. Luego, me di cuenta de que aún me era cercana, que me resultaba cotidiana, contigua, inmanente, casi indeleble y decidí partir.
Por eso me voy, para ser el otro, el que no te ama y ni siquiera te conoció. Sé que sólo regresando a casa podré poner fin a esta racha de infortunios en mi vida, detendré un corazón que se desangra en mi interior pero que desde hace tiempo es tuyo, sólo de ese modo podré ser libre y dejar que algo, en algún lugar, fluya de la manera en que las cosas se dan para adquirir el carácter de “normales”.
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Yo ahora me regreso a casa. Nada más me detiene en este lugar, sólo me inspira a marcharme el hecho de que quizá mi ausencia ponga fin al estancamiento de algo, en algún lugar – aunque puede ser también un simple pretexto para no comprender que cuando un corazón deja de latir por otro es prudente darse por vencido-, sé que ahora no suena muy claro pero espero que los acontecimientos previos a mi partida te den un panorama más claro.
Hace tres meses comencé a trabajar en “La Peña”, refugio de amigos y demás conocidos que encontraban bajo la biznaga dibujada en su cúpula un refugio o escaparate, según sea el caso, a todos los problemas que les aquejaban y hallaban en el calor humano y el que se encierra en recipientes de vidrio esa puerta mágica para el desflore de sentimientos.
Mi entrada fue mera casualidad, si es que eso existe, fue Marco quien me pidió apoyo como mesero y luego pasé a representar el papel de barman, cosa que me satisfacía en gran manera pues a menudo estaba en compañía de parte de la gente que quiero. Al principio, recuerdo que el trabajo era arduo, pero de una semana a otra, una pésima racha cayó como chapopote sobre el bar, al grado de que las propinas eran nulas y los días laborables/laborales fueron disminuidos.
Los clientes, antes personas amigables, se tornaron monstruos multiformes que buscaban convertirse en parte de la mala vibra que circulaba por las paredes cálidas de La Peña; los amigos, que siempre convivían en amenas charlas sobre cosas que sencillamente son humo que al otro día es nada, aunque en su momento parecían de extrema importancia, procedían de modos inverosímiles, agrediéndose, murmurando entre ellos, desangrando los lazos antes firmes; el sistema eléctrico, el de agua potable, la señal por cable y hasta el mobiliario presentaban averías con las más feas intenciones…
Todo andaba mal.
Cuando un golpe cae de improvisto no se tiene siempre el seso para descubrir su origen, sin embargo, el alcohol, que intrincadas sinapsis logra, puso sobre la mesa de los que amaban el lugar muchas estrategias para mejorar la situación.
Se hicieron promociones, el clásico dos por uno – con mil hielos dentro del vaso para hacer abundar el licor-, cubetazos de a cien pesos, quince pesos la cerveza en días de futbol, en fin; nada de eso pudo mejorar las cosas, simplemente una barrera misteriosa impedía el flujo de clientes y sobre todo, esa marejada de buenos momentos que era propia de ese bar.
Por esos días, Matilde y yo ya no estábamos juntos, yo la recordaba y una inmensa melancolía me llevó a la depresión, ¡oh bendita depresión que unes a los caídos! De eso modo me hice amigo de muchos y reforcé mis lazos con unos pocos, de los que todavía sobrevivían a la vorágine de sentimientos malos.
Uno de ellos fue Chucho. Una noche de no pocas en las que un cigarro en la mano era el único soporte que nos mantenía en pie, nos dimos cuenta – bueno, fue él- de que existía una curiosa constante entre los clientes asiduos de La Peña: en todos había un amor frustrado.
Yo pensaba sórdidamente en Matilde, la recordaba tanto que no quería hacer nada más que dejarla correr por las veredas de mis recuerdos; él no sé a quién refería su amargura pero, pronto nos dimos cuenta de que Chema también había perdido a su amada Lorelí, Aarón y Juana se habían separado y así, la lista podría continuar al grado de conformar un muro de lamentos de amores en crisis.
Como buenos hipócritas, identificamos la paja de los ajenos y comenzamos a hacer un inventario de desventuras y llegamos a la conclusión de que La Peña estaba deprimida, sólo que en este caso su mal se comunicaba de modos que no correspondían con la forma en que estábamos acostumbrados a distinguirlo en las personas.
Fue entonces que ideamos un plan y tramamos convertirnos en los “es-cupidos alcohólicos”. Durante un mes urdimos citas “casuales” entre los involucrados, detalles de ésos que hacen que una persona despierte el interés en otro, recados, cortesías en tragos, dedicaciones de canciones (“eso suena cacofónico” diría el pendejo de yasabesquién), poemas y demás basura, con tal de encausar sus sentimientos y así reunirlos de nuevo.
El plan marchó muy bien, los amorosos volvieron a ser felices y a compartir su felicidad con los amargados que, toda vez que vieron que las rupturas a veces encuentran el pegamento indicado, se contagiaron del amor que voló por los aires hasta invadir el local del bar, los ocho cactos trazados en la cúpula reverdecieron y hasta la lona fea de “cirque” resplandeció, las ventas aumentaron y de nuevo La Peña era la fuente de poder que recargaba las ganas de vivir de los clientes.
A los pocos días supe que Chucho había logrado conquistar a una chica a la que nunca nos presentó por temor a que lo dejáramos en mal, como casi siempre lo hacíamos y como él mismo lo hizo alguna vez con nosotros, pero estaba bien, se le veía alegre y hasta soportaba que cualquiera se nos uniera a la fiesta aunque hiciera feo (¡lo que hace el alcohol!).
No tardé mucho en darme cuenta que era el único solitario del grupo, que sí reía y disfrutaba la compañía pero que, al final de la jornada, terminaba solo en mi cuarto oyendo a Meza y a Calamaro, dejando que la vida pasara sin moverme. La soledad pesó tanto que vi en Matilde una salida. La busqué, le canté canciones desde mi corazón a través de mensajes de texto, le regalé mi alma en llamadas al buzón, le dije en persona que se casara conmigo pero nada de eso funcionó.
Enrollé mi cola, sacudí el polvo de mis pies, di la media vuelta en mi mente y traté de borrarla para siempre. Luego, me di cuenta de que aún me era cercana, que me resultaba cotidiana, contigua, inmanente, casi indeleble y decidí partir.
Por eso me voy, para ser el otro, el que no te ama y ni siquiera te conoció. Sé que sólo regresando a casa podré poner fin a esta racha de infortunios en mi vida, detendré un corazón que se desangra en mi interior pero que desde hace tiempo es tuyo, sólo de ese modo podré ser libre y dejar que algo, en algún lugar, fluya de la manera en que las cosas se dan para adquirir el carácter de “normales”.
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viernes, 9 de octubre de 2009
Rata Infecta
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La mujer toma, como cada noche, sus píldoras y se duerme. La sustancia somnífera siempre le impide soñar, pero esta noche, precisamente esta noche no será así.
Las sábanas rosadas cubren su cuerpo finamente adornado por una pijama de seda, la una suena en el reloj del fondo del algún lugar desconocido a sus ojos (ahora sin sensibilidad).
Un gato rosa por milésima vez la maceta del bonsái que, después de acercarse una fracción de milímetro a la vez cada noche, cae por fin a la avenida rompiendo un parabrisas. La alarma del carro, pero los ruidos de la noche poco importan a unos sentidos enfocados en vivir un sueño, esta noche sólo hay un sueño, por cierto, imposible de viciar.
Una mujer, que la extraña, rosa continuamente su piel con una rosa mientras tararea una canción que, de tanto repetirla, ha dejado de ser la misma para convertirse en la piel del ambiente de su departamento, incluso, las plantas han aprendido la tonada y morirían si dejaran de escucharla.
Debajo de su cama duerme un zancudo. La sobre saciedad de su sed lo ha dejado embriagado de hepatitis. Los compañeros que revolotean a su alrededor le cantan burlonamente y gesticulan muecas desagradables.
Su cabello despide un aroma irrepetible. Largo, cuál sólo él puede ser, forma inmensas dunas sobre el colchón para concluir en puntas amarillentas con inicios de orzuela. En la ventana del chat aparece un poema dedicado a esa cabellera, escrito por un antiguo amor desesperado y solo, para que ella lo recuerde.
La pizza se enfría en la mesita de centro, ya nadie más la comerá porque, desde las sábanas rosadas hasta el amor antiguo, todo ha sido parte del último sueño de Matilde quien no ha podido dejar de hacer todo a destiempo, como casi todos nosotros.
Cuarto de hora antes… tiembla. La ciudad vertiginosa guarda un minuto de silencio por los muertos de todos.
***
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*
P.D.: Un hurra por el que nos divide y nos persigue, hace que nos demos cuenta que nos necesitamos.
Brindo también por la soledad intermitente, las lagrimas detrás de las puertas y los besos que lanzan a distancia desde la oscuridad, no hay quien nos arruine esos momentos de sinceridad plena.
Hasta la próxima entrada.
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La mujer toma, como cada noche, sus píldoras y se duerme. La sustancia somnífera siempre le impide soñar, pero esta noche, precisamente esta noche no será así.
Las sábanas rosadas cubren su cuerpo finamente adornado por una pijama de seda, la una suena en el reloj del fondo del algún lugar desconocido a sus ojos (ahora sin sensibilidad).
Un gato rosa por milésima vez la maceta del bonsái que, después de acercarse una fracción de milímetro a la vez cada noche, cae por fin a la avenida rompiendo un parabrisas. La alarma del carro, pero los ruidos de la noche poco importan a unos sentidos enfocados en vivir un sueño, esta noche sólo hay un sueño, por cierto, imposible de viciar.
Una mujer, que la extraña, rosa continuamente su piel con una rosa mientras tararea una canción que, de tanto repetirla, ha dejado de ser la misma para convertirse en la piel del ambiente de su departamento, incluso, las plantas han aprendido la tonada y morirían si dejaran de escucharla.
Debajo de su cama duerme un zancudo. La sobre saciedad de su sed lo ha dejado embriagado de hepatitis. Los compañeros que revolotean a su alrededor le cantan burlonamente y gesticulan muecas desagradables.
Su cabello despide un aroma irrepetible. Largo, cuál sólo él puede ser, forma inmensas dunas sobre el colchón para concluir en puntas amarillentas con inicios de orzuela. En la ventana del chat aparece un poema dedicado a esa cabellera, escrito por un antiguo amor desesperado y solo, para que ella lo recuerde.
La pizza se enfría en la mesita de centro, ya nadie más la comerá porque, desde las sábanas rosadas hasta el amor antiguo, todo ha sido parte del último sueño de Matilde quien no ha podido dejar de hacer todo a destiempo, como casi todos nosotros.
Cuarto de hora antes… tiembla. La ciudad vertiginosa guarda un minuto de silencio por los muertos de todos.
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P.D.: Un hurra por el que nos divide y nos persigue, hace que nos demos cuenta que nos necesitamos.
Brindo también por la soledad intermitente, las lagrimas detrás de las puertas y los besos que lanzan a distancia desde la oscuridad, no hay quien nos arruine esos momentos de sinceridad plena.
Hasta la próxima entrada.
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