Le habló en silencio. Le habló a través de los ángeles. Envió demonios. Se le apareció en sueños. Le habló a través de sus amigos, conocidos y desconocidos. Pero él mismo, Dios, tuvo que reconocer que ya no era suyo. Era de todo el universo. Supe de muy buena fuente que Dios no borró su nombre del libro de la vida, a pesar de todo esto. También se dice que Gabriel y sus huestes protestaron, pero Dios, que todo lo puede, sólo hizo un gesto indescifrable y se acostó a dormir. El hombre entonces fue libre y volvió a aquel lugar donde el sincretismo permitía que todo fuera parte de todo y se hizo uno con ese universo. Ah, y no volvió jamás.
*** ** *"Todos fuimos un lagarto, un reptil con el veneno a cuestas, fuimos muertos, fuimos agres, fuimos vivos infértiles y secos" A. Meza.
martes, 5 de abril de 2011
Chamán de Occidente
***
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*
“Pides que deje de beber de cerveza
que ponga juicio en mi cabeza
y luego vienes con el sol”
Alejandro Filio
domingo, 2 de enero de 2011
Ahi Vamos...
**
*
"Sino nos guían sus cabezas
que anden nuestros pies
y las huellas del camino
escribirán el principio, el final
de una historia que ya es".
Macaco
Hacía mucho tiempo que Ruperta, una larva distraída que vivía en el interior de una manzana, se había dado cuenta de que algo andaba mal a su alrededor.
En aquellas paredes, en otra época, jugosas, rebosantes de dulzor y con aromas exquisitos; ahora se notaban manchas ocres con texturas rugosas. Sus pósters de Bob Marley comenzaban a verse afectados por el moho. Por fuera, el rojo exterior se aproximaba al color café. La resequedad se percibía en el ambiente.
El día que mordió cerca de la cáscara fibrosa y mantuvo en la boca por muchos segundos un fragmento de manzana semejante a una goma indigerible, el ligero atisbo de incomodidad se transformó en miedo descomunal a algo desconocido, a un cambio inevitable. Luego, los sentimientos fueron cambiando y sintió vergüenza por habitar en una casa que cada día desmejoraba su aspecto.
Le indignaba que las larvas vecinas la señalaran por no tener más que una manzana en proceso de putrefacción por vivienda, además, ya dos moscos pandilleros habían escrito “Zan - Q - Do Rifa” en una de las paredes.
Bajo un impulso de pánico, recogió sus cosas y se marchó en busca de un mejor lugar para vivir.
Mochila a cuestas, anduvo mirando las peras, rodeó al menos 34 veces un árbol de duraznos, contempló los nísperos y siguió su camino sin animarse a estrenar ese tipo de habitaciones.
A punto estuvo de horadar un chabacano, mas, las abejas de cera se lo impidieron vociferando cosas que no es apropiado decir en este momento. El día transcurría muy rápido y Ruperta no encontraba un nuevo fruto para vivir.
Cerca de las dos de la tarde, sus 14 patas le dolían terriblemente. Ruperta no se explicaba cómo estando ella en medio de una huerta, no encontraba un lugar apropiado para convertirlo en su hogar.
Extenuada, Ruperta se sentó a descansar a la sombra de una amapola. Se quitó el sombrero y bajó su mochila. Cuando creía que todo estaba perdido, recordó que todavía le quedaba un porrito en la bolsa trasera. Lo prendió apaciblemente y dejó que el humo invadiera su ser, poco a poco se fue relajando y comenzó a meditar.
Y meditó…
Y meditó…
Y luego se dio cuenta de que no estaba meditando.
Entonces comenzó a pensar en su hogar…
¿Qué era un hogar?
¿Por qué hasta ahora ningún fruto reunía lo que ella necesitaba para llamarlo hogar?
En eso estaba pensando cuando se quedó dormida.
Vino entonces una revelación en sueños.
Se vio llegando a su manzana querida. Era una manzana dura, muy difícil de roer. Le costó mucho apolillar el fruto hasta que hizo un cuarto, luego la cocina, después el minibar, la sala de juegos y hasta un jacuzzi muy bonito en el que estaba por sumergirse…
Y despertó.
Entonces se dio cuenta que cualquier lugar podía ser su hogar. Que cualquier fruto era adecuado, sólo era necesario saber aprovecharlo. Así que cerró los ojos, comenzó a dar vueltas con uno de sus índices levantado al frente. Se detuvo de repente y cuando abrió los ojos, estaba señalando hacia un peral. Ésa sería su nueva casa.
Antes de instalarse, volvió a su antigua casa a despedirse y encontró dos semillas. Las echó en su bolsillo y se fue. Justo al pie de su nueva casa, enterró las dos semillas y comenzó a horadar una pera.
Ruperta murió después de haber vivido en la pera, luego en un níspero y finalmente en una naranja. Nunca supo que, de aquellas dos semillas que ella había sembrado, brotaron dos manzanos frondosos. Por cierto, hoy corté una manzana de uno de ellos y me fumé mi reserva de ganjah, a la salud de Ruperta La Larva y de todos ustedes.
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"Sino nos guían sus cabezas
que anden nuestros pies
y las huellas del camino
escribirán el principio, el final
de una historia que ya es".
Macaco
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Hacía mucho tiempo que Ruperta, una larva distraída que vivía en el interior de una manzana, se había dado cuenta de que algo andaba mal a su alrededor.
En aquellas paredes, en otra época, jugosas, rebosantes de dulzor y con aromas exquisitos; ahora se notaban manchas ocres con texturas rugosas. Sus pósters de Bob Marley comenzaban a verse afectados por el moho. Por fuera, el rojo exterior se aproximaba al color café. La resequedad se percibía en el ambiente.
El día que mordió cerca de la cáscara fibrosa y mantuvo en la boca por muchos segundos un fragmento de manzana semejante a una goma indigerible, el ligero atisbo de incomodidad se transformó en miedo descomunal a algo desconocido, a un cambio inevitable. Luego, los sentimientos fueron cambiando y sintió vergüenza por habitar en una casa que cada día desmejoraba su aspecto.
Le indignaba que las larvas vecinas la señalaran por no tener más que una manzana en proceso de putrefacción por vivienda, además, ya dos moscos pandilleros habían escrito “Zan - Q - Do Rifa” en una de las paredes.
Bajo un impulso de pánico, recogió sus cosas y se marchó en busca de un mejor lugar para vivir.
Mochila a cuestas, anduvo mirando las peras, rodeó al menos 34 veces un árbol de duraznos, contempló los nísperos y siguió su camino sin animarse a estrenar ese tipo de habitaciones.
A punto estuvo de horadar un chabacano, mas, las abejas de cera se lo impidieron vociferando cosas que no es apropiado decir en este momento. El día transcurría muy rápido y Ruperta no encontraba un nuevo fruto para vivir.
Cerca de las dos de la tarde, sus 14 patas le dolían terriblemente. Ruperta no se explicaba cómo estando ella en medio de una huerta, no encontraba un lugar apropiado para convertirlo en su hogar.
Extenuada, Ruperta se sentó a descansar a la sombra de una amapola. Se quitó el sombrero y bajó su mochila. Cuando creía que todo estaba perdido, recordó que todavía le quedaba un porrito en la bolsa trasera. Lo prendió apaciblemente y dejó que el humo invadiera su ser, poco a poco se fue relajando y comenzó a meditar.
Y meditó…
Y meditó…
Y luego se dio cuenta de que no estaba meditando.
Entonces comenzó a pensar en su hogar…
¿Qué era un hogar?
¿Por qué hasta ahora ningún fruto reunía lo que ella necesitaba para llamarlo hogar?
En eso estaba pensando cuando se quedó dormida.
Vino entonces una revelación en sueños.
Se vio llegando a su manzana querida. Era una manzana dura, muy difícil de roer. Le costó mucho apolillar el fruto hasta que hizo un cuarto, luego la cocina, después el minibar, la sala de juegos y hasta un jacuzzi muy bonito en el que estaba por sumergirse…
Y despertó.
Entonces se dio cuenta que cualquier lugar podía ser su hogar. Que cualquier fruto era adecuado, sólo era necesario saber aprovecharlo. Así que cerró los ojos, comenzó a dar vueltas con uno de sus índices levantado al frente. Se detuvo de repente y cuando abrió los ojos, estaba señalando hacia un peral. Ésa sería su nueva casa.
Antes de instalarse, volvió a su antigua casa a despedirse y encontró dos semillas. Las echó en su bolsillo y se fue. Justo al pie de su nueva casa, enterró las dos semillas y comenzó a horadar una pera.
Ruperta murió después de haber vivido en la pera, luego en un níspero y finalmente en una naranja. Nunca supo que, de aquellas dos semillas que ella había sembrado, brotaron dos manzanos frondosos. Por cierto, hoy corté una manzana de uno de ellos y me fumé mi reserva de ganjah, a la salud de Ruperta La Larva y de todos ustedes.
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Moraleja: si su manzana comienza a verse café… ¡cómansela en chinga! Debe estar bien cocida y repleta de hachís.
Moraleja: si su manzana comienza a verse café… ¡cómansela en chinga! Debe estar bien cocida y repleta de hachís.
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miércoles, 6 de octubre de 2010
Larissa... 1 Día En La Vida
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*
“Vos cuidarás del bebe,
le cambiarás el pañal
y le darás de mamar
y poco a poco aprenderás
el oficio de ser mamá”
Fito Páez
“Dios no podía estar en todas partes a la vez. Por eso creó a las madres.” Proverbio judío.
Dios es simplemente increíble, genial…
Cuando estoy casi convencido de que todo ha perdido el encanto, sucede algo que hace a la vida dar un giro totalmente radical y me devuelve la alegría -y el agradecimiento- por vivir.
Hoy recibí el mensaje de Viri avisándome que Larissa se unía a los millones de personas que habitamos el planeta, y me embargó una inmensa emoción, un estremecimiento positivo que me hizo sentir feliz, aunque, creo que la más feliz es ella…
Por eso les comparto esto desde el blog, porque es un acontecimiento que he estado esperando desde hace mucho tiempo, creo que el mundo recibe a Larissa con un abrazo y millones de besos de todos los que hace tiempo la esperamos…
Y no sé por qué me dio por buscar el significado de su nombre y esto hallé en una página no tan chacharera como este blog: Variante del nombre Lara. Griego. Nombre mitológico de la diosa protectora de la familia. Nombre común en Grecia y Rusia.
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“Vos cuidarás del bebe,
le cambiarás el pañal
y le darás de mamar
y poco a poco aprenderás
el oficio de ser mamá”
Fito Páez
“Dios no podía estar en todas partes a la vez. Por eso creó a las madres.” Proverbio judío.
Dios es simplemente increíble, genial…
Cuando estoy casi convencido de que todo ha perdido el encanto, sucede algo que hace a la vida dar un giro totalmente radical y me devuelve la alegría -y el agradecimiento- por vivir.
Hoy recibí el mensaje de Viri avisándome que Larissa se unía a los millones de personas que habitamos el planeta, y me embargó una inmensa emoción, un estremecimiento positivo que me hizo sentir feliz, aunque, creo que la más feliz es ella…
Por eso les comparto esto desde el blog, porque es un acontecimiento que he estado esperando desde hace mucho tiempo, creo que el mundo recibe a Larissa con un abrazo y millones de besos de todos los que hace tiempo la esperamos…
Y no sé por qué me dio por buscar el significado de su nombre y esto hallé en una página no tan chacharera como este blog: Variante del nombre Lara. Griego. Nombre mitológico de la diosa protectora de la familia. Nombre común en Grecia y Rusia.
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jueves, 23 de septiembre de 2010
Brazos de Marro
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“Se llevó mi sed, mis besos, mi pan,
mi violencia, mi pasión,
ahora, ¿adónde iré con un alacrán
en lugar de corazón?”
Joaquín Sabina
***
Mientras dormía, Juan era el hombre más bello que su mujer hubiera visto jamás. Hasta ella se acurrucaba tras su espalda moldeada por el intenso trabajo en la mina, pero al despertar, él descubría que en lugar de brazos poseía un par de marros formidables.
Tal era su emoción que trataba de mostrarle a los demás esa maravilla de Dios mismo había puesto en él, de ese modo, la puerta de la cocina, los trastes, los muebles y especialmente su esposa, Matilde, soportaban las demostraciones del buen funcionamiento de los brazos fuertes de Juan.
Esto, en realidad, no representaba una novedad porque su padre había tenido brazos de cinturón de cuero y su abuelo poseía, en lugar de brazo diestro, una larga binza de nueve colas – aún no determino qué demonios era eso de las “nueve colas”, pero supongo que por algo resultó trascendente-.
Estaba tan orgulloso de sus brazos de marro que no se dio cuenta que, poco a poco, éstos permanecían con ese aspecto durante todo el día, incluso mientras dormía, lo que incrementaba sus ganas de usarlos a toda hora.
Los amigos de Juan lo elogiaban porque no había nadie que pudiera ganarle en las vencidas que se organizaban en la cantina improvisada por Doña Lencha, toda vez que el trabajo se terminaba en la mina y comenzaban las rondas de cerveza.
Su amante, una cantante en decadencia, había optado por mudarse de ciudad porque sabía bien que Juan no le perdonaría esa tremenda gonorrea que le había dado como regalo de cumpleaños.
Allí comenzó el verdadero problema para Juan.
Una mujer como Matilde podía aguantar las golpizas más terribles y al otro día, mirar llena de amor a través del marco morado de sus ojos a su esposo, no obstante, el día que descubrió su enfermedad venérea, recibió una bofetada en lo profundo de su dignidad. En resumen: podía matarla a golpes mientras le fuera fiel.
Al igual que la causante de semejante sarna, Matilde se marchó durante la madrugada, dejando a Juan con su hombría supurante, sangrante y maloliente.
Lleno de miedo ante el aspecto que sus genitales habían cobrado, intentó rascarse. Lo único que consiguió fue lacerarse los testículos sin hallar remedio.
No podía salir a la calle, ni siquiera podía usar ropa interior por el ardor que tenía y una gran soga de orgullo y vergüenza le ataba los pies para pedir ayuda.
Sobrevivió dos días con un poco de sopa que Matilde había dejado. Debido a que sus brazos no eran aptos para poder encender un fósforo tuvo que comérsela fría, además, acostumbrado a sentarse a la mesa con la comida servida, Juan no sabía ni siquiera prepararse un café, mucho menos sabía cómo freír un par de huevos.
Por esto último empezó a extrañar a Matilde y lloró de falso arrepentimiento por dos días. Al tercero, recordó la sonrisa que ella le prodigaba cuando la había conocido en la feria del pueblo y se maldijo. Al cuarto día supo que ella era lo único bueno que le había sucedido y recordó que justo en la boca del estómago había tenido alguna vez una sensación extraña que sólo ella podía despertarle.
Él tenía los hechos claros pero ya Matilde se había marchado.
Los demás días carecen de relevancia porque sólo representaron una desolación progresiva. Para cuando sus brazos perdieron el aspecto de marros era demasiado tarde y así, por sus huevos, Juan murió de hambre y soledad.
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“Se llevó mi sed, mis besos, mi pan,
mi violencia, mi pasión,
ahora, ¿adónde iré con un alacrán
en lugar de corazón?”
Joaquín Sabina
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Mientras dormía, Juan era el hombre más bello que su mujer hubiera visto jamás. Hasta ella se acurrucaba tras su espalda moldeada por el intenso trabajo en la mina, pero al despertar, él descubría que en lugar de brazos poseía un par de marros formidables.
Tal era su emoción que trataba de mostrarle a los demás esa maravilla de Dios mismo había puesto en él, de ese modo, la puerta de la cocina, los trastes, los muebles y especialmente su esposa, Matilde, soportaban las demostraciones del buen funcionamiento de los brazos fuertes de Juan.
Esto, en realidad, no representaba una novedad porque su padre había tenido brazos de cinturón de cuero y su abuelo poseía, en lugar de brazo diestro, una larga binza de nueve colas – aún no determino qué demonios era eso de las “nueve colas”, pero supongo que por algo resultó trascendente-.
Estaba tan orgulloso de sus brazos de marro que no se dio cuenta que, poco a poco, éstos permanecían con ese aspecto durante todo el día, incluso mientras dormía, lo que incrementaba sus ganas de usarlos a toda hora.
Los amigos de Juan lo elogiaban porque no había nadie que pudiera ganarle en las vencidas que se organizaban en la cantina improvisada por Doña Lencha, toda vez que el trabajo se terminaba en la mina y comenzaban las rondas de cerveza.
Su amante, una cantante en decadencia, había optado por mudarse de ciudad porque sabía bien que Juan no le perdonaría esa tremenda gonorrea que le había dado como regalo de cumpleaños.
Allí comenzó el verdadero problema para Juan.
Una mujer como Matilde podía aguantar las golpizas más terribles y al otro día, mirar llena de amor a través del marco morado de sus ojos a su esposo, no obstante, el día que descubrió su enfermedad venérea, recibió una bofetada en lo profundo de su dignidad. En resumen: podía matarla a golpes mientras le fuera fiel.
Al igual que la causante de semejante sarna, Matilde se marchó durante la madrugada, dejando a Juan con su hombría supurante, sangrante y maloliente.
Lleno de miedo ante el aspecto que sus genitales habían cobrado, intentó rascarse. Lo único que consiguió fue lacerarse los testículos sin hallar remedio.
No podía salir a la calle, ni siquiera podía usar ropa interior por el ardor que tenía y una gran soga de orgullo y vergüenza le ataba los pies para pedir ayuda.
Sobrevivió dos días con un poco de sopa que Matilde había dejado. Debido a que sus brazos no eran aptos para poder encender un fósforo tuvo que comérsela fría, además, acostumbrado a sentarse a la mesa con la comida servida, Juan no sabía ni siquiera prepararse un café, mucho menos sabía cómo freír un par de huevos.
Por esto último empezó a extrañar a Matilde y lloró de falso arrepentimiento por dos días. Al tercero, recordó la sonrisa que ella le prodigaba cuando la había conocido en la feria del pueblo y se maldijo. Al cuarto día supo que ella era lo único bueno que le había sucedido y recordó que justo en la boca del estómago había tenido alguna vez una sensación extraña que sólo ella podía despertarle.
Él tenía los hechos claros pero ya Matilde se había marchado.
Los demás días carecen de relevancia porque sólo representaron una desolación progresiva. Para cuando sus brazos perdieron el aspecto de marros era demasiado tarde y así, por sus huevos, Juan murió de hambre y soledad.
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martes, 24 de agosto de 2010
Pa' Volver a Verte
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Les dejo algo que escribió uno de mis niños – mi ahijado, por cierto - en el curso del Conafe.
La zorra hambrienta
Por: Julián Martínez Martínez
Había una vez un perro que se fue al campo y se encontró con una piedra fea con cuatro patas, iba comiendo pasto y se fueron caminando.
Bajó el cielo enojado y golpeó a los dos y los llevó el cielo con sus dos alas y por el aire los soltó y cayeron sobre un pato molido y desde ahí cayó muerta la piedra.
El perro flojo no se murió y salió volando con sus dos cabezas e iba cayendo a un pozo con agua gris.
Le dijo el agua gris al perro flojo: mero que acaba de pasar una zorra.
El perro la siguió y encontró a la zorra cantando, gritando con sus dos cabezas.
Se fueron los dos hambrientos a buscar su comida.
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Me fui.
Saludos a todos.
P.D.: Ya saben que los quiero, que soy medio supersticioso, pero por favor… ya no me manden cadenas. :@
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Black Labels:
iniciativa méxico,
mehablalavirgen
lunes, 9 de agosto de 2010
El sombrero y sus amigos
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“Hay nueva ola de los sacrificios,
ven linda, baby trae tu corazón,
tengo un cuchillo nuevo de obsidiana
quiero estrenarlo sin vacilación”
Los Tepetatles
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“Hay nueva ola de los sacrificios,
ven linda, baby trae tu corazón,
tengo un cuchillo nuevo de obsidiana
quiero estrenarlo sin vacilación”
Los Tepetatles
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Ando buscando un empleo… no porque tenga necesidad de adquirir algo ni por mucha afición a ese tipo de suicidio, sino porque, parafraseando a la Bersuit, soy el único rabioso que hay esquivando las miradas.
A pesar de los consejos de la banda, me metí a trabajar en una estación de radio, pero no veo claro con el salario – y bueno, fui advertido-, sí está chido y todo pero no veo la pasta que me sustente el gusto, además, si voy a entrar a la liga de baby-fut pss necesito tenis y no completo las cien lanas que cuestan esos exclusivos de diseñador que venden en la plaza los lunes.
Hoy te comparto uno de los cuentos que escribieron los niños de San Bernachi durante el tiempo qué estuvimos juntos:
El sombrero y sus amigos
Por: Alma Bautista Ruiz
Había una vez un sombrero que se bañaba cada cuando era su cumpleaños, pero un día el sombrero salió, fue a buscar su comida.
Cuando vio que la nube se estaba acercando, el sombrero se puso su ala y voló.
Cuando el sombrero voló, movió a la nube y la nube se reventó de agua y el sombrero volando se fue a su casa.
En medio del camino vio un tomate muy feo. El tomate agarró al sombrero y lo puso en su cabeza para que el tomate no se mojara.
El sombrero se llevaba con un lápiz. El sombrero le dijo al lápiz: ya no quiero ser tu amigo porque yo no me baño y yo sé que tú quieres ser amiga de alguien que se bañe todos los días.
El sombrero llorando se fue al monte.
Al día siguiente empezó a llover, pero como el sombrero no se bañaba, le dio mucho frío.
Pero un día, el tomate y el lápiz lo agarraron al sombrero y lo bañaron, y desde entonces toda la gente lava su sombrero.
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Me fui.
Salvo que Dios y su variante humor digan lo contrario, este miércoles ya tendré un empleo con salario.
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domingo, 1 de agosto de 2010
Dos de Tres Caídas...
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*
Cuando esta tumba destruya mis huesos,
cuando mi lengua no pueda cantar
y de entre los muertos inicie el regreso
perdiendo el rastro al viejo guardián
yo ¿a dónde iré sin ti?
Arturo Meza
Nunca tuve un ataque de conjuntivitis como del que recientemente me alivié. Por ende, no había tenido la necesidad de mantenerme con los ojos cerrados mientras la pomada hacía su trabajo, el asunto resultó hasta introspectivo y me mantuvo ocupado pensando en el perdón y la culpa.
Considero que siempre una cosa lleva a otra, por tanto, esta sucesión de eventos se vio coronada cuando al fin llegué al final del capítulo 4 de un libro que estoy leyendo, allí, Brian Weiss dice que “la empatía es la clave para llegar al perdón”. Pensé en ello. Aún lo hago. Creo que necesito perdonarme algunas cosas, ¿no te ha pasado? Además de sólo empatía personal, también creo que se necesita con aquellos que han intervenido de manera negativa en nuestras vidas… Luego, me vino a la mente una canción de Meza donde dice “amar es cosa fácil, se puede uno morir en la cruz…” No sé, creo que estoy mentalmente enmarañado.
Hace tiempo que pienso en una fórmula extraña para poder descubrir un algo que no preciso.
Mientras me mantenía con los ojos cerrados, ha venido a mí una suerte de revelación:
Hay un lugar en alguna parte del mundo – quizá más lejos-, se trata de un pequeño pueblo rodeado en su parte sur por dos montañas extendidas. Justo en donde confluyen las dos pendientes nace un río caudaloso que también secciona en dos al pueblito.
En la parte oeste, existe un terraplén sobre el que se cuelgan cabezas de animales muertos: venados, jabalíes, reces, asnos, tlacuaches y hasta coyotes. Detrás del parapeto hay una casa de barro rojo y techo de palma.
En el patio hay huellas de botas. Muchas botas.
Desde que cruzo el río siento una presencia detrás de mí. Tal vez sea porque vagamente recuerdo que los fantasmas no pueden atravesar el agua de los ríos y arroyos, y éstos están del mismo lado que yo.
Hay un amuleto en mis manos, es un colguijo formado por muelas humanas, un ojo de venado, plumas de cuervo, una cruz de barro que, curiosamente, está invertida, un pedazo de tela negra que no sé qué es. Todo está unido por lo que se supone son tripas de gato ya secas. Recuerdo apretar este amuleto para sentirme protegido.
En la puerta de la casa hay colgado un ángel que toca un clarín. El angelito es moreno y mira hacia la izquierda. De sus ojos color cereza escurre sangre.
Cada vez que entro en la casa descubro la misma escena: detrás de un fogón se oculta un niño de escasos 4 años. Los ojos están desorbitados y miran vagamente con rastros de haber llorado ya durante muchos días. En un rincón, hay una mujer sentada con la cabeza reclinada sobre su hombro derecho. Debajo de su amplia falda hay un charco de sangre, un olor fétido escapa del mismo. Al levantar la tela, descubro un feto que se pudre hace tiempo. Luego, el niño oculto tras el fogón canturrea las siguientes palabras:
Somos la placenta
de una hecatombe,
la alimentamos a diario.
Si el juicio final acontece
es culpa nuestra.
Ya no tenía ganas de ver todo esto y me moví sobre mi cama para, finalmente, abrir los ojos y echar por la borda todo el efecto de la pomada sobre mi vista. “Estos ejercicios de relajación no me llevarán a nada bueno”, pensé.
Sentarse al borde del abismo tiene sus ventajas, al menos así lo supongo, se puede ver el infierno desde lejos sin quemarse. Espero que no pase algún gracioso y me empuje.
*
*
*
“… y a veces cuando uno está triste necesita a alguien que diga frases como “qué lástima” o “no me digas” o “a poco””. Toño Malpica, Las mejores alas.
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Cuando esta tumba destruya mis huesos,
cuando mi lengua no pueda cantar
y de entre los muertos inicie el regreso
perdiendo el rastro al viejo guardián
yo ¿a dónde iré sin ti?
Arturo Meza
Nunca tuve un ataque de conjuntivitis como del que recientemente me alivié. Por ende, no había tenido la necesidad de mantenerme con los ojos cerrados mientras la pomada hacía su trabajo, el asunto resultó hasta introspectivo y me mantuvo ocupado pensando en el perdón y la culpa.
Considero que siempre una cosa lleva a otra, por tanto, esta sucesión de eventos se vio coronada cuando al fin llegué al final del capítulo 4 de un libro que estoy leyendo, allí, Brian Weiss dice que “la empatía es la clave para llegar al perdón”. Pensé en ello. Aún lo hago. Creo que necesito perdonarme algunas cosas, ¿no te ha pasado? Además de sólo empatía personal, también creo que se necesita con aquellos que han intervenido de manera negativa en nuestras vidas… Luego, me vino a la mente una canción de Meza donde dice “amar es cosa fácil, se puede uno morir en la cruz…” No sé, creo que estoy mentalmente enmarañado.
Hace tiempo que pienso en una fórmula extraña para poder descubrir un algo que no preciso.
Mientras me mantenía con los ojos cerrados, ha venido a mí una suerte de revelación:
Hay un lugar en alguna parte del mundo – quizá más lejos-, se trata de un pequeño pueblo rodeado en su parte sur por dos montañas extendidas. Justo en donde confluyen las dos pendientes nace un río caudaloso que también secciona en dos al pueblito.
En la parte oeste, existe un terraplén sobre el que se cuelgan cabezas de animales muertos: venados, jabalíes, reces, asnos, tlacuaches y hasta coyotes. Detrás del parapeto hay una casa de barro rojo y techo de palma.
En el patio hay huellas de botas. Muchas botas.
Desde que cruzo el río siento una presencia detrás de mí. Tal vez sea porque vagamente recuerdo que los fantasmas no pueden atravesar el agua de los ríos y arroyos, y éstos están del mismo lado que yo.
Hay un amuleto en mis manos, es un colguijo formado por muelas humanas, un ojo de venado, plumas de cuervo, una cruz de barro que, curiosamente, está invertida, un pedazo de tela negra que no sé qué es. Todo está unido por lo que se supone son tripas de gato ya secas. Recuerdo apretar este amuleto para sentirme protegido.
En la puerta de la casa hay colgado un ángel que toca un clarín. El angelito es moreno y mira hacia la izquierda. De sus ojos color cereza escurre sangre.
Cada vez que entro en la casa descubro la misma escena: detrás de un fogón se oculta un niño de escasos 4 años. Los ojos están desorbitados y miran vagamente con rastros de haber llorado ya durante muchos días. En un rincón, hay una mujer sentada con la cabeza reclinada sobre su hombro derecho. Debajo de su amplia falda hay un charco de sangre, un olor fétido escapa del mismo. Al levantar la tela, descubro un feto que se pudre hace tiempo. Luego, el niño oculto tras el fogón canturrea las siguientes palabras:
Somos la placenta
de una hecatombe,
la alimentamos a diario.
Si el juicio final acontece
es culpa nuestra.
Ya no tenía ganas de ver todo esto y me moví sobre mi cama para, finalmente, abrir los ojos y echar por la borda todo el efecto de la pomada sobre mi vista. “Estos ejercicios de relajación no me llevarán a nada bueno”, pensé.
Sentarse al borde del abismo tiene sus ventajas, al menos así lo supongo, se puede ver el infierno desde lejos sin quemarse. Espero que no pase algún gracioso y me empuje.
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*
“… y a veces cuando uno está triste necesita a alguien que diga frases como “qué lástima” o “no me digas” o “a poco””. Toño Malpica, Las mejores alas.
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